Mi voz quiere gritar “fuego” y susurra gotas.
Bajo mi piel la carne se me ha vuelto un embutido; mis pulmones exhalan temerosas liebres; vulgares insectos corren dentro de mis venas.
Quiero liberar mis lágrimas, pero mis ojos orinan con la fuerza de un gato sifilítico.
Quisiera soltar una risotada, burlarme de los hábitos, de los uniformes; pero acabo rezando con ímpetu de solterona y Marchando con júbilo al compás de La Marsellesa.
Por eso he decidido salir a la plaza como un profeta afónico, prevenir a los incrédulos sobre El Fin del Mundo que se acabó hace como tres noches, para que tomen suficiente pasiflorina.
Voy a regalar mis pertenencias a las palomas, mi colección de cuchillos a las parteras y mis libros a los perros que rondan la carnicería. Quiero despojarme de algunos domingos que guardo celosamente en la alacena para los tiempos de austeridad.
Las corbatas se las dejo a las estatuas de rostro solemne. Los poemas los incineré y desinfecté las cenizas con aceite de sándalo. El resto de mis chácharas saldrá volando por la ventana como negras mariposas.
Por último, dejaré la plaza que mis pies plancharon a lo largo de los lustros. Seguiré a la libélula que guíe mis pasos; si es preciso, preguntaré a las lenguas del viento qué camino me puede llevar al cementerio más cercano, o por lo menos, al más económico.
Y por una buena vez, de frente al océano de los instantes, ya desnudos mis huesos, entregaré mis ímpetus finales a la siempre doncella cuyo regazo me aguarda desde tiempos inmensurables, a ella, la siempre pura, la siempre niña, eterna madre silenciosa, cuyo callado beso retumba en la caverna cósmica a través de tiempo y espacio. De espacio y tiempo.
Despacio; despacio.
Agustín Morales Carvalho
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada